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INFIDELIDADES, PATERNIDADES FALSAS Y OTROS SUFRIMIENTOS: LA RESPUESTA DE LOS TRIBUNALES

Por Joaquim Massanella

Estoy leyendo una Sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona (SAP Bcn 19-3-2018, secc.1) que me da mucho que pensar. La Sentencia condena a una mujer a pagar a su marido 3.000 euros en concepto de «daños morales» por haberle hecho creer que la hija que tuvieron era suya. O sea, que la mujer engañó al marido sobre su paternidad. La indemnización podría haber sido mayor si el marido hubiese tenido más relación con la hija, pero parece ser que apenas se relacionó con ella tras el nacimiento ya que la pareja se separó y apenas mantuvo contacto.

Dice la Sentencia (y muchos Tribunales) que el daño moral (en general) se indemniza para compensar, en la medida de lo posible, el sufrimiento psíquico o espiritual, o la ofensa que pueden suponer para alguien ciertas «conductas, actividades, o incluso resultados» de otra persona (en este caso, hacer creer a un marido que es padre cuando, en realidad, el padre es otro). Hasta aquí, lo veo razonable. No podemos ir por el mundo haciendo sufrir a los demás.

Pero me llama la atención que el Tribunal remarque una idea: dice (en dos ocasiones) que «no se indemniza la INFIDELIDAD, sino el OCULTAMIENTO (de la verdadera paternidad)». Es como si el Tribunal dejase entrever que en las infidelidades no se quiere meter; que eso es algo que debe quedar en el ámbito privado de la pareja y que, por tanto, es algo inocuo jurídicamente hablando. O sea, que en caso de infidelidad (sin que existan paternidades falsas) el Tribunal no concedería nunca una indemnización por daños morales a la persona que ha sufrido la infidelidad, por mucho que esa infidelidad le haya ocasionado sufrimiento psíquico.

La verdad es que entiendo el porqué de ese matiz. A veces, adentrarse en la intimidad de una pareja es como entrar en un complejo y delicado mundo laberíntico en el que muchos caminos no llegan a ningún destino, en el que, a menudo, pueden aparecer cadenas de causas y motivos que se podrían remontar hasta el inicio de la relación y cuya importancia o percepción pueden ser muy distintas entre una persona y otra. Una infidelidad puede ser la consecuencia de otra infidelidad de la pareja, o el resultado de una falta de relaciones íntimas, o fruto de una fantasía sexual tal vez consentida (o que se creía consentida), o una reacción despechada, o, sencillamente, que la pareja ya no se consideraba pareja. ¡Vaya usted a saber! Y un Tribunal, desde luego, no es el mejor lugar para analizar esas cosas. Cada cual tendrá sus razones. Este es el motivo por el cual el divorcio, en España, dejó de ser causal (es decir, que, para divorciarse, ya no hace falta alegar ningún motivo, sino que basta con manifestar la voluntad de divorciarse). Ya no hace falta alegar (ni demostrar) que nuestra pareja nos era infiel, o que bebía en exceso, porque entonces empezaba una discusión eterna: «bebía para olvidar nuestra vida desastrosa», «te fui infiel porque tú también flirteaste antes con no-sé-quién», y, así, hasta el infinito. Mucha discusión estéril y escabrosa que, al final, acababa siempre igual: que la pareja se rompía y cada uno iba por su lado.

Pero que yo entienda las razones de ese matiz (lo de no meterse, para juzgar, con las infidelidades) no quiere decir que este criterio no me chirríe, legalmente hablando. Me chirría porque la «fidelidad» es un deber impuesto legalmente a los cónyuges (como lo de ayudarse mutuamente, respetarse, o compartir responsabilidades domésticas). Y si una persona incumple un deber (cualquiera), debe responder de los daños (materiales o morales) que pueda haber ocasionado porque así lo establece la ley.

Pero si resulta, según esta Sentencia, que el incumplimiento de este deber (el de fidelidad) no es indemnizable por los Tribunales ni tiene virtualidad alguna (pues para divorciarse no hace falta alegar motivo alguno), entonces, ¿para qué lo queremos? ¿no sería mejor ya eliminar ese deber de la ley?

¡Qué volátil es el mundo del Derecho! ¡Y qué complejas y sutiles son las relaciones humanas!


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